Estamos en la compañía de Dios y de sus ángeles
y somos los “conciudadanos de los santos
y miembros de la familia de Dios”

(Ef 2,19)

Queridas Hermanas:

En la noche del día 1 de febrero de 2021, víspera de la Presentación del Señor y de la Purificación de Ntra. Sma. Madre, María; el Dueño de la vida llamó a su presencia, desde la Comunidad “Ntra. Sra. del Carmen” de Casa Madre (Orihuela), a nuestra Hermana

Encarnación Bernabé Arce
En religión, Mª del Rosario

Nacida en Benejúzar (Alicante), el 11 de agosto de 1932, hija de Juan y Rosario, de cuyo matrimonio nacieron ocho hijos, siendo nuestra Hermana la última de ellos. Fue bautizada unos días después, el 21 de agosto, en la Iglesia Parroquial de Ntra. Señora del Rosario de su pueblo natal y confirmada años más tarde, el día 16 de marzo de 1947, en la misma Parroquia.

Ingresa como postulante el 7 de enero de 1963 y el 10 de octubre del mismo año, empieza el noviciado. Su primera profesión la hizo el 12 de octubre de 1964, y la perpetua el 27 de agosto de 1972, ambas realizadas en Casa Madre; donde también celebró las bodas de Plata, el 12 de octubre de 1989.

Muy entregada y trabajadora, pasó haciendo el bien por las diferentes comunidades donde vivió: Hinojosa del Duque (Córdoba), Tiana (Barcelona), Tortosa (Tarragona), Badajoz, Colegios de Alicante y Orihuela, Valencia y Orihuela – Casa Madre, donde estuvo los años 1985 hasta 1989, para después regresar en 1995, hasta que nuestro Buen Dios se la llevó consigo.

Reconoce, oh cristiano, tu dignidad”, escribió San León Magno en el siglo V. Apoyándonos en esa verdad, podemos definir claramente la vida de nuestra Hermana Encarnación. Porque, por encima de su enfermedad y limitaciones, su existencia redimida por Cristo en su Bautismo y su consagración religiosa, como oblación agradable a sus ojos, alcanza el valor de ser una hija de Dios que vivió su entrega al servicio del Reino, como se afirma en nuestras Constituciones: “conscientes del don de la propia llamada, queremos vivir nuestra entrega a Dios en obsequio de Jesucristo, siguiéndole más de cerca mediante la profesión de los consejos evangélicos, según nuestro carisma específico, llevando hasta las últimas consecuencias nuestra consagración bautismal para conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios” (Const. nº 1).

Para entrar en el interior de una persona y aproximarnos a su misterio, es necesario quitarnos las sandalias de los pies, como Moisés ante la “zarza ardiendo” (Cfr. Ex 3,5). El corazón de cada ser humano esconde secretos impenetrables, que, en alguna ocasión, se asoman por los ojos y es posible intuir lo que se esconde detrás de ellos, si los miramos fijamente con amor. Los ojos claros, y tantas veces llorosos, de Hna. Encarnación, transparentaban un anhelo permanente de atención y reconocimiento; de necesidad de comprensión y de ser amada como ella era realmente.

La personalidad de cada uno se va configurando a través de los sucesos y experiencias vividas. También las que vivió nuestra Hermana determinaron su manera de ser. Ella lo reconocía y era consciente de que en la convivencia del día a día, no con todas las personas nos relacionamos de igual manera, lo cual es parte del Misterio de la Cruz que nos envuelve. En su espontaneidad y franqueza, lo expresaba de este modo: “El Señor me ha dado a entender y me pide que no huya de mis pequeñas cruces comparando con las tan grandes como las tiene Él y no busque mi comodidad, mi egoísmo, y huir de los muchos o pocos sufrimientos que yo pueda pasar. Él hizo mucho más por mí”.

Persona de un temperamento extremadamente sensible, expresaba espontáneamente lo que sentía, de igual manera los afectos positivos, como los negativos. Aunque tenía una convivencia comunitaria muy limitada, era dócil y se dejaba querer por quienes la escuchaban y querían comprender. Por eso se mostraba afable y cariñosa con quienes se le acercaban y captaba con actitud positiva; y expresaba un genio fuerte y de rechazo, frente a los que sentía amenazantes y poco favorables hacia ella. En las cosas que ella dominaba, en su sencilla personalidad, se crecía, se hacía fuerte y se sentía segura. Siempre en búsqueda de ayuda de personas de confianza, que le proporcionaran descanso a su espíritu insatisfecho. Era notable su esfuerzo para ofrecer el cariño y amistad, que, sin duda, sentía hacia todos, para así poder compartir el cansancio de sus pasos vacilantes y débiles, pero ansiosos de reposo.

En el Carmelo encontró un camino atrayente, que, con sus luces y sombras, ella quería recorrer. Su alma buscaba a Dios “como el árbol plantado a la orilla del camino, busca el agua para alimentar sus raíces” (Cfr. Salmo 1,3).

Cumplidora de sus deberes religiosos, cuidaba los actos comunitarios y en ellos encontraba su alimento espiritual. Muy habilidosa para las manualidades: ganchillo, frivolité, etc … Esmerada en los trabajos que se le asignaban, fue, durante algunos años, una excelente sacristana. Algunos años más más tarde, mientras sus fuerzas se lo permitieron, estuvo encargada del comedor de Casa Madre, comunidad donde pasó largos años de su vida, hasta el momento de ser llamada a la presencia de su Padre, Dios.

Descanse en la paz de tu Señor, buena Hermana, e intercede por todas nosotras.